Roncesvalles, la batalla que bien valió un Cantar… el de Roldán!!

“Roncesvalles guarda memoria de gestas y cantares, del paso de viejas calzadas y peregrinos agotados en ruta a Compostela de reyes que alzaron hospitales, iglesias, claustros y capillas de hospitaleros que fueron y son sacramento de acogida del amor por su Señora de los valles vecinos, de su cofradía y de sus romeros, y de sus muchas cruces…”[1]

“The death of Roland” Imagen del códice “Miroir Historial” de Vincent de Beauvais, Siglo XIII

¡Imaginemos!, verano del año 778 dC (S. VIII), un gran ejército cruza los Pirineos de regreso a Francia. A la cabeza el emperador de todos los francos, Carlomagno, y en la retaguardia, con unos 20.000 soldados, su sobrino el conde Roldán. Tan grande era el número de soldados que marchaban y tan pesada la carga que transportaban – iban cargados de las riquezas obtenidos en las ciudades que habían saqueado y también llevaban rehenes por los que tenían  intención de pedir cuantiosos rescates- que la marcha resultó cuanto menos lenta y penosa, tanto que al parecer mientras Carlomagno ya descendía por el otro lado de la cordillera llegando a Aquitania, la retaguardia todavía se  disponía a atravesar los puertos de montaña. Fue entonces cuando un grupo de guerreros emboscados, no se sabe a ciencia cierta quienes, atacaron la retaguardia. Las crónicas hablan de una fecha, el 15 de agosto de año 778 y se conoce como la primera derrota de Carlomagno.

Alterada después, mitificada y transformada en epopeya épica por la “Chançon de Roland” (El Cantar de Roldán)[2], aquella derrota se ha convertido en la leyenda más popular de Occidente.

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LA EMPERATIRIZ IRENE: UN CASTIGO EJEMPLAR. La reina que cegó a su hijo!!!

Situémonos en Constantinopla, capital del imperio Bizantino. Corría el año 797, la emperatriz Irene había tomado una decisión: castigar duramente a su hijo por la afrenta sufrida. El castigo sería ejemplar…., llegando a terminar con la vida de su propio hijo. Si bien, esta no fue la primera ni sería la última vez en que la historia se repetiría, así el caso de Livila, y de otros gobernantes como Felipe II.

Pero, antes, hagamos un repaso de los acontecimientos…

En noviembre del año 769, una joven Irene, de apenas 16 años, llegaba desde Atenas a Constantinopla a casarse con el hijo del emperador de Bizancio.

Según la leyenda, Irene, famosa por su belleza, tenía un origen muy humilde, se dice era hija de una hilandera, pero la suerte había hecho que la apadrinara un pariente sacerdote con grandes influencias. El emperador Constantino V la había escogido para esposa de su hijo, el coemperador León IV, que acababa de cumplir 19 años, con el fin de reforzar los vínculos entre la capital imperial y la provincia de Grecia.

Dos años después, en 771, nacería su hijo, el futuro Constantino VI y tan solo 9 años después quedaría viuda asumiendo la regencia.  Sigue leyendo