Muerte de una Vestal.

Sí, parece que sea el título de una novela de misterio de Aghata Christie, pero no, ya me gustaría, … En realidad, no se trata de ficción, al contrario, las vestales aunque disponían de muchas prebendas e incluso de poder e influencias, también se debían a una serie de deberes muy estrictos cuya falta les podía llevar a la muerte. Pero, además, me he encontrado una anécdota que me ha sorprendido al leer el libro “Los Asesinos del Emperador” de S. Posteguillo sobre el reinado de Domiciano, el último emperador de la dinastía Flavia, quien fue asesinado y del que la historia no guarda muy buen recuerdo siendo incluso condenado a una “Damnatio memoriae” (recordemos que incluso se baraja que pudiera ser el anticristo en el apocalipsis de San Juan). Este emperador fue capaz de condenar a una Máxima Sacerdotisa vestal basándose, al parecer, en calumnias y falsas acusaciones Este es el caso que nos ocupa, pero comencemos por el principio.

Vestales

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LA DIOSA VESTA 

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EL ANTICRISTO FUE EMPERADOR DE ROMA!

Allá por el año 30 dC, en tiempos del emperador Tiberio, en la provincia romana de Judea sucedió un hecho que en principio podría haber sido totalmente irrelevante.  Seguramente ni los judíos, ni mucho menos los romanos, llegarían a imaginar cuan trascendente sería la ejecución de un reo, uno más de los que decían ser “El Mesias” esperado, uno que además se hacía llamar “Hijo de Dios”. Para los romanos éste era un asunto interno entre judíos que, muy a su pesar, tuvieron que resolver a modo de castigo ejemplar. Sin embargo, Jesús, entre los fariseos que dominaban el Sanedrín, era visto como un agitador popular,  un hombre peligroso para la religión establecida, para el templo y sus sacerdotes, un desobediente y un escandaloso, un infiel y un blasfemo, en definitiva, una amenaza grave para la estabilidad y la paz del sistema de convivencia que habían aceptado y acordado los dirigentes del Sanedrín con los romanos. Éste se había convertido en un incordio para los fariseos quienes deseaban su muerte, sin embargo, el Sanedrín no podía aplicar el ius gladii (la pena de muerte), facultad reservada únicamente a la justicia romana, así que finalmente presionaron a Poncio Pilatos consiguiendo su ejecución, detallada en los evangelios.

Antonio Ciresi, Ecce Homo, 1871

Antonio Ciresi, Ecce Homo, 1871

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